Como el brillo de las estrellas en la noche, es la belleza
de la familia unida. Con el pasar del tiempo y de las generaciones, las
familias cambian; todo lo que conocemos cambia. En algún momento en aquel lejano antaño, cuando el
estilo de vida era diferente, nuestros antepasados construyeron con su sangre
un linaje del cual nuestras virtudes se derraman, casi como el arroyo que fluye
sereno, fluyen nuestras vidas en torno a la enorme rueda del arca, la vida
misma explota de esplendores en tan solo la yema de nuestros dedos. Un mundo
emocional crece en nuestros corazones como el alma viviente que acoge un envase
tibio, lleno de funciones y son nuestros ojos, el espejo del alma; donde la
mirada es más abrupta que la visión, donde los suspiros se los lleva el viento
junto con aquellos deseos tan profundos que dejamos ir, donde brillan aquellos
sueños que se renuevan mientras, firmes en cuerpo y alma, dejamos que nos abrace
la esperanza; una esperanza que se renueva con cada nuevo amanecer, y crece
vívida en los corazones de aquellos que siempre sueñan por las noches.
El velo de los días que envuelven los cuerpos, solemnes al
destino y a la vida misma. Carentes de ajetreo más repletos de paz, tiempos que
se miden en nubes. Hombres que visten de lucero, miradas que son más bellas que
el universo y sangre que fluye en el cuerpo, como el arroyo sereno y la rueda
del arca. Lazos del destino y de la vida que se entrelazan, historias del
pasado que se olvidan con la nueva generación; historias que se rescatan con
las mentes vivaces cuyo último alarido de vida se convierte en canción.
Constelaciones y ciclos lunares que rigen las mañanas y atardeceres en vidas
que aprendieron a amar. Todo eso en la belleza de la familia unida, una
maravilla de nada, una nada de pocos.
Por: Débora EmbeR
"Resuena Familia"
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